martes, 4 de agosto de 2009

*591’6 sillas

Cuando recibí la invitación para participar en el campo de desconcentración polivalente de Alcóntar, aunque sabía de antemano de que se trataba de un pueblo pequeño, alejado del mar, semidesértico, “desconcentrado” y con escasa población (la mayoría, gente mayor), tenía la necesidad de buscar información sobre este en Google.
Escasa y escueta información, casi siempre proveniente de fuentes oficiales, con su correspondiente fría ficha del pueblo: altitud, superficie, población, etc.
La cifra de población nunca era la misma, se acercaba; parecía un acto de adivinamiento o especulación sobre los alcorteños existentes y residentes.
Unos números que representan a toda una comunidad que por necesidad, lazo, obligación o relación, conforman la vida del pueblo, la fuerza motriz, real y personal, sin la cual, cualquier pueblo no existiría.

Tuve la curiosidad de saber exactamente la cifra de alcorteños, que por la lógica del extranjero, es la media de todos los datos encontrados; y representar este desconcierto de cifras sin perder la noción de cada persona simplemente cómo la suma de algo global.
Para ello, utilizaré las sillas, una silla por alcorteño, dispuesta en el espacio público del pueblo, en la calle, con una disposición concentrada pero sin perder la función propia de dicho mobiliario.

La silla, como referente a lo humano, a lo personal, a lo privado e individual, sustituyendo a una parte de un todo, de un número, convirtiéndose en una entidad real, vivencial e imprescindible para alcanzar la cifra prevista pero no-humana. Creando un conjunto-espacio real y representado, de forma concreta y uso ambiguo: función natural sinsentido, que alberga lo contrariedad del uso y la exhibición, de la propiedad privada y el espacio público, de lo individual y lo colectivo; una situación de excepción para provocar un acto público, ejecutado y compartido por todos.

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