
Consuelo anuncia que la acción se da por terminada, pues tiene que comenzar el pase y a mi me pilla en bragas…
Des del balcón del ayuntamiento tengo una muy buena perspectiva de los movimientos de la gente: solamente un par de sillas son recogidas por una mujer, las demás quedan en la posición que se ha generado a partir de la aportación de cada cual; y los niños corren a sentarse a primera fila, algún dueño sillar consigue sentarse en la suya propia, e incluso recolocarla donde cree oportuno, pero muchos (sobretodo, los dueños de las sillas de la primera y segunda fila), se resignan a dejarla prestada. Es como juego de las sillas, sin competividad por su lentitud y por saberse de algún modo, sentados.
Antes de pasar los cortos, ya están todas las sillas ocupadas, y cuando acaba el pase y la entrega de premios, las sillas se desplazan, con un movimiento que parece ensayado, hacía atrás y hacia los lados, para despejar la pista para que los jóvenes del pueblo puedan realizar los bailes previstos. También la 0,6 silla se desplaza con la multitud, siendo asiento de varias niñas.
Así pues, casi todas las sillas dispuestas con el sinsentido antinatural de no sentarse, recuperan una función originariamente de carácter privado, traída individualmente para formar un espacio colectivo, que no responde a la propiedad en uso, pero si la respeta en sí misma, sabiendo que esa silla no es (en muchos casos) de quien se sienta en ella y que deberá ser devuelta.
Todo esta colocación horaria desenvuelta y orgánicamente ordenada, contradice la idea que tenía en mente: pensaba que cada cual se llevaría su silla, si más bien, que muchas se las llevarían y otras, saldrían de la “zona de acción”, se dispondrían cerca de la puerta de la casa a la cual corresponden o en la terraza del bar.
Aunque viendo el resultado, me satisface mucho más este. Eso, la acción, que simulaba algo simbólico se realiza por sí mismo, sin directrices, pasando de ser lo representado a lo real, a lo vivido.
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